jueves, 3 de noviembre de 2011

Noviembre es duro. La lluvia señala las cicatrices de días mejores. El tiempo cojea. El sol ya no reina la bóveda celeste. La noche, lluviosa y larga, es una oda al sueño y la monotonía. Noviembre es duro. El frío se clava en tus huesos como un millar de agujas y el tiempo pasa gota a gota. Las luces de la colmena alumbran una oscuridad prematura con eléctrico entusiasmo. Noviembre es duro.

Me gusta Noviembre.

martes, 25 de octubre de 2011

Noes sin cuestión

En el país de ébano, la ruina repta, eterna y olvidada. Busca hundirse en el océano, al norte de las sensaciones, al sur del viento. Los muros de obsidiana caen a cada movimiento, pero no cede. Sigue ahí. Caminando hacia el norte. Eterna y olvidada.

lunes, 17 de octubre de 2011

ficción

Puede que ni siquiera esté escribiendo esto, que sea todo cuanto me rodea un producto de mi subconsciente enfermo. Nadie puede tener la certeza de lo que se supone cierto. Yo no puedo tener esa certeza. Y sin embargo, escribo esto, guardando alguna esperanza de que cualquiera de vosotros sea real. O quizás simplemente esté subrayando lo evidente para mí mismo. Eso no lo sé. ¿Como saber que cada mañana tu mirada se cruza con un techo cierto, que tu cuerpo siente la certeza de las sábanas? No se puede vivir así, y sin embargo, lo hacemos a diario sin siquiera planteárnoslo. Supongo que no tiene demasiado sentido plantearse dudas sin solución como esta. Hace poco escuché que los sueños se distinguen de la realidad porque en la realidad sabes cómo has llegado hasta una situación concreta. Podría zanjar la cuestión con eso; después de todo, sé perfectamente como he llegado a estar aquí sentado escribiendo este racimo de dudas, al igual que tú, si es que estás ahí, te has parado a leer esto.

Pero dime, ¿quién recuerda cómo ha nacido?

domingo, 9 de octubre de 2011

Paréntesis

Despistado, olvidadizo, relajado, bipolar, depresivo, desordenado, vago, interesado, vicioso...

Me gusta como soy. Aunque a veces sea difícil.

domingo, 24 de julio de 2011

La Princesa Escarlata

Reconoce un rostro en el público. Todos los días, en la quinta fila de butacas, el quinto asiento empezando por la izquierda. No recuerda cuando empezó a asistir a la función, aunque llevaba viendo ese rostro muchos meses, en la distancia. La gente va y viene, pero la princesa escarlata continúa en el quinto asiento de la quinta fila. Cuando se vive sobre un escenario es muy fácil conocer a la gente por sus reacciones ante el espectáculo. Y el bufón, en su torpeza, no encontró otro modo de conocer a esa mujer que le resultaba tan extrañamente lejana y cercana a la vez.

Y así, una noche lluviosa, la princesa escarlata se presentó, como siempre, puntual, en el quinto asiento de la quinta fila. La lluvia, como siempre, golpeaba el tragaluz. Cuando la luz se apagó, el público se fue retirando poco a poco y, como siempre, la princesa escarlata aguardó unos instantes en la oscuridad antes de marcharse. En su camerino, el bufón aguardó un minuto, con la máscara, pensativo. Una súbita chispa brotó en algún rincón de su mente, encendiendo algo oculto y descaradamente ignorado. Agarró otra máscara y salió corriendo al hall del teatro. Allí estaba la princesa, marchándose mientras su melena carmesí ondeaba al son del viento callejero. Sin atreverse a decir nada, el bufón corrió hacia ella y, en su torpeza, tropezó con la alfombra, cayendo al suelo. La princesa se volvió, sonrió y le tendió la mano.

Dudas.

Y, en vez de agarrarla, el bufón le tendió la máscara. Extrañada, la cogió. Con un gesto, el bufón la guió hasta el escenario y, juntos, empezaron a interpretar una nueva comedia ante un público que ya no existía.

lunes, 13 de junio de 2011

la ruina

Cambia de forma, sonríe, baila y se regocija. Pero la substancia no cambia y continúa siendo una ruina, solitaria y olvidada.

domingo, 15 de mayo de 2011

Sensaciones

Giudecca. Aquí el frío domina el cuerpo y el silencio es mortal; sólo se oye el respirar de Lucifer. Me acerco y su aliento, aunque huele a metano, es cálido. Veo en su garganta, a la altura de la campanilla, una puerta negra. En su boca el frío es el mismo que había sentido antes. La abro.

La luz me ciega y caigo. Es extraño: siento como si cayese pero me da la sensación de estar ascendiendo. Finalmente, cuando mis ojos se acostumbraron a la luz, veo dónde me encuentro. Columnas plateadas se yerguen orgullosas a mi alrededor, y más allá, la blancura. Camino dudoso hacia ella y la belleza que contemplo es tal que nunca la olvidaría: el Elíseo parte de mis pies.


¡Que maravilla, sentir amor y celos!
¡Y tener emociones de verdad!