miércoles, 26 de enero de 2011

Una sonrisa vacía, que duele en el corazón. Pero esto a él no le importa. Todo bufón es un actor, todo actor es un mentiroso, todo mentiroso algún día será un actor y todo actor acaba por convertirse en un simple bufón. Pensando esto su sonrisa se curva en una espantosa mueca, pero no deja de sonreír. Nadie aprecia la diferencia, la máscara es opaca a las emociones. El público ríe, el bufón se calla, aplausos, cae el telón.

Enfermo de la realidad, suspira. Es un lápiz roto que no dibuja una línea recta. Un camino sin destino. Divagando entre sus pensamientos, se retira del escenario, cabizbajo con la eterna y dolorosa sonrisa de su máscara. Entra en el camerino. La luz crepuscular inunda la estancia. Cierra la puerta, se sienta frente al espejo y retira la máscara. Unos ojos tristes le devuelven la mirada.

Esa dolorosa sonrisa ya no está ahí. No hay nada bajo la máscara. Solo una mirada triste. De nuevo, suspira. El mundo parecía más hermoso sobre el escenario. La misma mentira que sacaba lo peor de él mismo para disfrute del público era su mejor consuelo. Dejó en un cajón al bufón, la tristeza, los malos pensamientos, la soledad, sus caprichos y sus recuerdos, como hacía cada noche que pretendía dormir tranquilo. Pero aquella tarde, antes de marcharse, abrió la ventana. Nunca la abría. Aquella tarde tampoco tenía ningún motivo para hacerlo.

Una brisa suave le acarició la cara y el vacío dejado por todo cuanto estaba en el cajón se llenó de otra cosa. Sonrió. No con aquella mueca de hipocresía que mostraba su boca en la función, sino también con los ojos. Una sonrisa sincera.

Desde entonces, el bufón abrió la ventana todas las tardes, tras la función, para recibir las caricias del viento. Ya no estaba solo.

martes, 18 de enero de 2011

En el paroxismo de la función llega la hora de las blasfemias. En otro tiempo, serían castigadas, ahora son solo una excusa para entretener al público. En un éxtasis cercano al trance, el bufón desagrada y entretiene con sus palabras a la audiencia. El final de la función es dramático, pero al bufón le encanta el teatro. Antes de que termine, tres flechas atraviesan su pecho y el bufón se desploma en el suelo. Sonríe en un charco de sangre. Se cierra el telón, el público se ríe y aplaude.

La sala está vacía, sus puertas cerradas y ya no hay luz en sus ventanas. El bufón sigue sonriendo en su charco de sangre. Mañana no habrá función.



=)

lunes, 10 de enero de 2011

Horror vacui.

Se alimenta de moral. Las ilusiones se disuelven como azúcar en té. Mirada vacía, puro fuego en pupilas ajenas, el corazón es de piedra, el llanto se olvida. Ahora, superficial. Este circo ya no tiene payasos ni fieras, solo arena, no hay oxígeno que respirar ni dios que se merezca su culto. No es dueño de nada ni lo será nunca. No hay pecado en sus actos.

Monstruoso. Da miedo de verdad.

domingo, 9 de enero de 2011

Atrapada en su torre de obsidiana, su príncipe la protege con valor voluntad y celo. La princesa, cegada por su amor, se acomoda en su jaula de oro. Pero incluso de oro, la jaula acaba empequeñeciendo ante la princesa.

Un joven arlequín observa la escena en la distancia, curioso. Sabe de la princesa, pero no de su prisión. Se aproxima cauto a la torre buscando razones para su presencia en aquel paisaje irreal. Y, en la torre, se encuentra con la princesa, ya agobiada entre las lujosas paredes de su torre. El bufón se lamenta de la situación de la princesa, impotente ante el poder del rey. Sin embargo, sonríe para ella. Desde entonces el bufón escapa de sus tristes sonrisas para ofrecerle otras más sinceras a la princesa de la torre. Los lujos de su rey la agobiaban, pero el bufón apartaba las estrecheces con su pícara sonrisa.

Un día, el poderoso caballero llegó al reino. Reclamándolo para sí, la respuesta del príncipe fue clara. “Aléjate de aquí, pues las poderosas paredes de este castillo protegen la delicada naturaleza de su princesa” El caballero, frustrado, se alejó malhumorado, no sin intenciones de volver. ¿Pero cómo?

Así, en su marcha desde la torre, halló al bufón en el camino.

-¿Adónde vas, bufón?- preguntó curioso, el caballero.
-Soy el bufón de la corte, mi señor- respondió el bufón, educado.
-No es de gran fama la afición al humor de su majestad.
-No es a su majestad a quien mis servicios complacen-replicó el bufón, sonriente-. Es a la princesa a quien sonrío mientras su majestad mira hacia otro lado.
-¿Podeis llevarme ante ella?-inquirió el caballero.
-Orgullo de sonrisa y deber de complacer-declaró el bufón-.Seguidme si os place.

Caminaron hasta la torre y la subieron, volando el bufón y trepando el caballero. La princesa se descubrió ante los ojos del segundo, que fue sorprendido por su contundente presencia. Sin más, el caballero se quedó a solas con la princesa mientras esta lo estudiaba. Por detrás, sonriendo de nuevo, el bufón desapareció.

Pasó tiempo y el bufón se esfumó, siendo su presencia subsanada con la del caballero. El bufón, velando por él, no era visto, no estaba allí. Nunca había estado. Pero su sombra seguía a la del caballero. Hasta que este, iracundo, se personó ante el príncipe, exigiendo la libertad de la princesa, acompañado de esta. Su encolerizada majestad condenó a muerte al burdo caballero en el mismo sitio. Pero su verdugo, víctima de un mal momento, fue asesinado por una lujosa lámpara de oro. En la ahora oscura confusión de la sala, el caballero escapó con la princesa, mientras el rey se lamentaba solo en la oscura soledad de su castillo. Una sonrisa colgaba del techo.

El caballero y la princesa cabalgaron hacia el ocaso en su carroza de marfil. El bufón derrama una lágrima sentado sobre el techo del carromato y sonríe sin que los amantes reparen en su presencia. Siempre estará ahí. En recuerdo y olvido.

jueves, 6 de enero de 2011

El hombre de arena

El hombre de arena se yergue. La tormenta arrecia, pero el hombre de arena sigue ahí. La lluvia cae del cielo como cientos de mortales agujas, pero el hombre de arena no ceja en su empeño. El hombre de arena camina pesaroso. La tormenta arrecia. Cada paso es un infierno, pero el hombre de arena es de arena. No ve, no oye, no piensa, no siente, no ama. Las personas no ven al hombre de arena, pero el hombre de arena pasa entre ellas sin que reparen en su presencia. Es una sombra mineral en un mundo vivo. El hombre de arena se detiene y levanta su ciega mirada al cielo. La tormenta arrecia. Las personas se vuelven y ven al hombre de arena. El hombre de arena sonríe. La tormenta arrecia. Y poco a poco, el viento y la lluvia se llevan la sonrisa del hombre de arena. El hombre de arena vuela y comprende que ya no es un hombre.

La tormenta arrecia.